En una iglesia muy humilde, de esas de pueblo, se muere un cura, y en ese mismo tiempo se muere un chofer de microbús de la Ciudad de México. Los dos llegan al cielo y San Pedro los recibe.
Al microbusero le da una túnica de seda con hilos de oro, una corona brillante y las llaves de una mansión celestial. Al cura solamente le da una túnica de manta y una habitación sencilla.
El cura se indigna y le reclama a San Pedro: —Oye, San Pedro, no es que sea yo envidioso, pero yo le dediqué toda mi vida a la iglesia, di misa todos los domingos, guardé el celibato. ¿Por qué a ese chofer le das lujos y a mí me das solo esto?
San Pedro voltea y le dice: —Mira, mi estimado, lo que pasa es esto. Aquí nos manejamos por resultados. Cuando tú dabas misa, la gente se dormía. Pero cuando este hombre manejaba el microbús, todo el mundo rezaba de verdad.