Una vez, un costeño fue a Bogotá y entra a un restaurante elegante. Llega el mesero.
—¿Qué decía el señor?
—Tráeme una sopa bien caliente.
Cuando se la llevan, el costeño mete el dedo en la sopa y dice: «Ajá, está buena, está fría».
Entonces, el mesero, indignado:
—Señor, eso no se hace.
Y el costeño:
—Entonces, ¿cómo la caliento?
—Con pensamientos positivos.