El plumero pionero

Historia

Pues resulta que nos hemos encontrado un plumero viejuno detrás de un armario, con pinta de haber visto más polvo que la bombilla de una cuadra.

Y claro, nos dio por tirar del hilito histórico: ¿quién fue la primera persona que dijo “vale, el polvo no lo voy a vencer… pero lo voy a peinar pa fuera de la estantería con la elegancia de un samurai”?

En Estados Unidos suele citarse a Susan Hibbard, de Syracuse (Nueva York) como una de las primeras en patentar un plumero de plumas a finales del siglo XIX.

La historia cuenta que se apañó con plumas (de pavo, de oca, lo que hubiera) para limpiar sin levantar tanto polvo como con trapos clásicos, y que acabó registrando el invento para que no se lo copiara medio vecindario.

¿Por qué un plumero mola más que un trapo para el polvo?

Porque las plumas son como una brocha blandita con miles de filamentos finos. En superficies delicadas (figuras, libros, recovecos), el plumero entra sin arrastrar tanto y sin arañar. Eso sí, si le das porrazos a lo bestia, el polvo se te rebela y te devuelve la agresividad. Hay que usarlo con mimo, en plan “ven pa’cá, polvillo, que yo te doy cariño”.

Moraleja Magikita: la humanidad no inventó el plumero para ganarle la guerra al polvo, sino para negociar la convivencia. En casa, como en la vida, a veces la victoria es simplemente moverte con más suavidad que el problema.

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