Setas y duendes: menudo lío bajo el suelo

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Te agachas delante de una seta y ya está: has visto una casa. Tiene tejado, tiene columna y solo le falta un duende asomado diciendo que te limpies las botas antes de entrar. Como además haya una gota colgando del borde, te montas una urbanización entera en la cabeza.

Con ese decorado, es fácil entender que nos entren ganas de contar cuentos. Pero entre imaginar un vecino bajo el sombrero y afirmar que los hongos demuestran la existencia de los duendes hay un trecho. Vamos a pasearlo. Trae curiosidad, que aquí da bastante más juego que hacerse el entendido.

La seta que ves y el hongo que no ves

La seta es una estructura reproductora de ciertos hongos. Su micelio, una trama de filamentos, puede vivir en el suelo o la madera. No son raíces.

O sea, que lo que te ha llamado la atención es solo una parte de la historia. Tú ibas mirando el sombrerito y, bajo tus pies, la vida seguía a lo suyo. Menudo truco, sin necesidad de ponerle una contraseña al bosque.

Un corro con fama de discoteca

Algunos hongos crecen hacia fuera desde un punto y producen setas formando un círculo. Así explica Kew los corros de hadas. No hace falta un jardinero con compás.

El nombre nos lleva a otro terreno. En British Goblins, publicado en 1880, Wirt Sikes recoge el relato galés de Rhys y Llewellyn. Rhys oye música, se aparta del camino y desaparece. Pasan meses. Cuando por fin lo encuentran bailando dentro de un corro encantado, él asegura que no lleva allí ni cinco minutos.

El «una y nos vamos» de toda la vida, pero con unas consecuencias bastante chungas. En el cuento, Llewellyn acaba bajo sospecha de asesinato y Rhys muere poco después de volver. Aquellas fiestas podían dar miedo de verdad. Además, los corros de las leyendas también podían ser marcas en la hierba, no necesariamente un anillo de setas rojas.

Este es un relato concreto de una recopilación galesa. Tiene su propio ambiente, igual que las historias de duendes domésticos europeos tienen personajes distintos. Si los metemos a todos en el mismo saco, perdemos precisamente lo más divertido.

Una oruga que parece dueña del edificio

Luego está la literatura. En Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, Alicia encuentra una oruga azul sentada sobre una seta, con los brazos cruzados. La oruga le pregunta quién es y la conversación se pone incómoda enseguida. Menuda recepción.

La escena tiene una gracia tremenda: algo pequeño para nosotros se convierte en todo un escenario para alguien más pequeño todavía. Un sombrero puede ser un asiento, un refugio o el sitio desde el que un bicho te juzga la vida. Ahí hay material para dibujar una tarde entera. No hace falta atribuirle una especie real a esa seta de ficción.

Lo que pasa entre las raíces y los hongos

Las micorrizas son asociaciones entre hongos y raíces. El hongo ayuda a captar agua y nutrientes del suelo. La planta le proporciona carbono, procedente de su actividad fotosintética.

Imagínate dos vecinos que tienen recursos distintos y los intercambian. La comparación sirve para entender la relación, aunque debajo del suelo no haya nadie apuntando favores en una libreta. Tampoco convierte a todas las setas en enchufes de un mismo cable.

En 2023, Karst y sus colegas señalaron la falta de pruebas para generalizar relatos de árboles que alimentan preferentemente a sus descendientes mediante esas redes.

La investigación sigue. Un estudio de 2025 observó cómo hongos micorrícicos modifican su red y los flujos internos al crecer. Hay procesos fascinantes que se pueden medir.

«La internet del bosque» puede servir como imagen para empezar una conversación. Para entenderla, toca preguntar qué organismo se estudió, en qué condiciones y qué se midió. Si alguien resume todo en «los árboles tienen un grupo de WhatsApp», nos echamos unas risas y luego pedimos la explicación buena.

La roja con puntitos se queda fuera del plato

Amanita muscaria es tóxica. La FDA documenta intoxicaciones y efectos neurológicos graves por consumir el hongo o productos que contienen sus componentes.

Para imaginar una merienda de duendes puedes dibujar una mesa, unas tazas y una bronca porque alguien se ha comido la última galleta. Para comer setas de verdad hace falta identificarlas con seguridad. La aventura de hoy va de mirar, aprender y flipar un rato, no de probar lo que aparece al borde del camino.

Por qué nos gusta ponerlas junto a los Magikitos

Porque una seta le queda de maravilla a un personaje diminuto. Puede ser su paraguas torcido, el banco donde espera a un amigo o un sombrero aparatoso que no pasa por la puerta. Nos gusta ese juego de tamaños y ese bosque en el que parece que va a ocurrir algo en cuanto apartes la vista.

Los Magikitos tienen su propio cuento: nacen cuando alguien caga en el bosque con alegría. Las figuras de porcelana fría representan a esos personajes. Una seta modelada les hace compañía y completa el decorado, sin tener que convertirla en una antena científica ni en una reliquia celta.

Al final del paseo puedes saber un poco más de hongos y seguir imaginando al duende del principio. Ese que acaba de colgar un cartel bajo su seta: «Se admiten visitas. Las botas, fuera». Me parece una norma bastante razonable.

¿Las setas demuestran que hay duendes?

No. Los duendes pertenecen aquí al folclore, la literatura y nuestros cuentos. Puedes disfrutar de esas historias y aprender sobre hongos sin confundir una cosa con la otra.

¿Sirve una foto para decidir si puedo comer una seta?

No te fíes de una foto o una aplicación. Busca una identificación experta y segura. Si tienes dudas, no la comas.

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