El cafelito
Una cartera, unas dentaduras postizas y dos zumos de naranja
Fay los llevó derechitos a una cafetería un par de calles más allá de la plaza, se paró delante de la puerta, se sentó en el escalón y esperó.
— Tu gato tiene las cosas clarísimas — dijo Axel.
— Siempre.
Axel tenía una teoría sobre los bares y era esta: da igual lo que cueste el café, lo que hay que mirar es el suelo delante de la barra. Si está gastado justo en la franja donde la gente apoya el pie, es que llevan cuarenta años apoyándolo ahí, y donde la gente apoya el pie cuarenta años se está bien. Aquel suelo estaba pulido como una piedra de río.
Dentro había dos obreros con sus tostadas, una parejita riéndose por lo bajini, un abuelo leyendo el periódico con los labios y alguien pidiendo un cortado a voces desde el fondo. Todo viejo y hasta un poco estropeado, pero limpísimo, y con ese olor a café recién hecho y pan caliente que le arregla la mañana a cualquiera. Fay cruzó el local y se subió de un salto a una silla del rincón, la de la ventana.
No todo el mundo allí estaba tan campante.
En la mesa de al lado había una mujer mayor sentada sola, bien vestida y bien peinada, de esas que se sientan con la espalda recta sin tocar el respaldo. Miró la mochila embarrada de Axel, y luego miró a Eva de arriba abajo, despacio, prestándole especial atención a sus pies descalzos. Torció la boca y volvió a su pastelito.
Axel ni se enteró. Eva sí. Eva de esas miradas se enteraba siempre.
Se acercó el camarero, un chaval con el delantal pringado y cara de buena gente.
— Buenos días, ¿qué les pongo?
— Pa mí un café solo y una tostada con aceite, jamón y tomate — dijo Axel —. ¿Y tú?
— Un vaso de agua.
— ¿Agua? Mujer, pídete algo. Un café por lo menos.
— No, es que el café no me apetece mucho.
No lo dijo muy convencida.
— Venga — insistió Axel con una sonrisa —. Un cafelito y una tostaíta. Yo invito.
— No hace falta, en serio.
— Bueno, si no te la comes tú me la como yo. — Se giró hacia el camarero —. Dos cafés y dos tostadas potentes, porfa.
Eva levantó la mano para pararle, y en ese momento sonó una voz rancia desde la mesa de al lado.
— Niña, que si no tienes para pagarte un café no hace falta montar un pollo. Se dice claro y ya está. — Lo dijo despacio, con una sonrisa fina, mirando al camarero como quien comparte una gracia con alguien de su altura —. Que a mí no me viene nadie con historias, ¿eh? Que una cosa es no tener y otra es venir aquí a que te lo paguen. Y encima descalza. Descalza en un local. ¿Dónde vamos a llegar?
Lo dijo bien alto, para que lo oyera todo el mundo, y todo el mundo lo oyó. Los obreros giraron la cabeza hacia los pies de la chavala, la parejita dejó las risitas y el abuelo bajó el periódico.
A Eva se le puso la cara de piedra. Ni roja ni furiosa. Piedrosa.
Y a Axel se le juntaron dos cosas a la vez y las dos le hirvieron. Una era la vieja. La otra era que acababa de caer, tarde y de golpe, en por qué Eva había pedido un vaso de agua.
Iba a contestarle. Tenía la frase entera montada y era buena. Y notó la mano de Eva en el brazo.
— Déjalo, no importa.
Así que se volvió al camarero y subió un pelín la voz, lo justo para que se oyera en toda la sala.
— Oye, perdona. Pon también dos zumos de naranja bien frescos, que hoy estamos celebrando la vida.
Le guiñó un ojo a Eva, y a Eva se le escapó media sonrisa.
— Estás como una cabra — murmuró.
— Eso dicen.
— Me lo apunto, ¿eh?
— Apúntalo.
— El pringao que lo paga todo — dijo la vieja, para nadie, volviendo a su café.
Y entonces Axel lo vio.
Al principio pensó que era una rata, algo pequeño cruzando el suelo pegado a la pared.
No era una rata.
Era una figurita con forma de personita, del tamaño de un botellín, vestida con un revoltijo de retales, y le dio tiempo a ver que llevaba los pies descalzos y que iba derecha a la mesa de la vieja.
Otra vez. Otra vez no. Otra vez y en un bar y a las diez de la mañana.
Como el de anoche en el bosque. Como el que le tiró salsa de tomate a un cliente pesado en la recepción del hotel. Como los que llevaba viendo desde crío. Miró alrededor buscando a alguien que estuviera mirando al suelo, y nadie miraba al suelo, y esa fue la parte que le dejó las manos frías, porque era la parte que ya se conocía de memoria.
La figurita trepó por la pata de la silla donde ella tenía el bolso, se asomó dentro y volvió a salir tirando con las dos manitas de una cartera de piel. La sacó por el borde con un esfuerzo tremendo, la dejó caer con un ruidito seco y empezó a arrastrarla marcha atrás entre las patas de las sillas, tirando con todo su cuerpecillo. La mujer no notó nada. Seguía dándole sorbitos al café con el meñique estirado, muy orgullosa de sí misma.
La cartera se perdió detrás de la barra.
Axel no respiraba. Lo había visto todo. Cada paso.
Giró la cabeza hacia Eva.
Pero Eva ya estaba mirando.
No al suelo. A él.
— Oye… dime que tú también lo has visto.
Eva tardó en contestar.
— He visto algo — dijo despacio —. Cruzando por ahí abajo, pegado a la pared. Una rata, o yo qué sé.
— No era una rata.
Ella no dijo que sí y tampoco dijo que no. Se quedó mirándole con los ojos muy quietos, esperando, y Axel tuvo la sensación rarísima de que el que estaba muerto de miedo era él y de que a ella se le notaba menos.
— Joder. Llevo tela de tiempo viendo cosas así. En el trabajo, jugando a las cartas, por la calle. Y siempre acabo diciéndome lo mismo, que estoy cansado, que se me ha ido la pinza. — Bajó todavía más la voz —. Pero nunca en pleno día. Y nunca con alguien delante.
Eva se quedó un rato callada, y cuando habló lo hizo despacio, como quien ojea un diario viejo.
— La noche que me largué de casa había uno.
— ¿Cómo?
— La noche que lo dejé todo y me fui sin decírselo a nadie. Yo llevaba tres semanas con la mochila hecha debajo de la cama, y todas las noches me decía que mañana, y por la mañana no. Y esa noche estaba sentada en el suelo de mi cuarto, a oscuras, con las zapatillas puestas y sin atreverme a levantarme. Llevaba así hora y media. Y apareció uno en el alféizar, por fuera, con la persiana medio subida. Descalzo, con sus trapitos de colores y una cara de travieso que no se le iba. — Miró la taza —. Y se quedó ahí sin moverse, mirándome muy atento. Y luego habló.
— ¿Y qué dijo?
Eva levantó los ojos y lo miró de frente.
— «Ahora o nunca. ¡Dale caña a tu vida!»
Se quedaron los dos callados.
— Y me levanté, y bajé las escaleras, y no cerré la puerta con llave porque no quería oír el ruido. — Le quitó importancia a lo más importante que le había pasado en la vida con un movimiento de hombro —. Le hice caso a un duende, así, sin más. Y llevo desde entonces preguntándome si me lo inventé. Si estaba tan desesperada que me monté la película para atreverme. Porque eso es lo que hace la cabeza, ¿no? Cuando no te atreves, te busca a alguien que te lo mande. — Media sonrisa torcida —. Nunca se lo he contado a nadie. ¿A quién se lo cuentas? «Me largué de casa porque me lo dijo un duende.» Te encierran y tiran la llave.
Axel la miraba sin pestañear.
— No estás loca — dijo —. Y si lo estás, lo estamos los dos. Que es muchísimo mejor que estarlo por separado.
A Eva se le escapó una risa. Una de verdad.
El camarero llegó con la cuenta. La mujer abrió el bolso, metió una mano, frunció el ceño, metió la otra, y acabó volcándolo entero sobre la mesa. Salió un abanico, un fajo de tíquets viejos, un caramelo pegado a una horquilla y una cajita de plástico que cayó al suelo, se abrió y dejó salir unas dentaduras postizas.
Medio bar giró la cabeza.
Y esta vez no miraban a Eva.
— Pero… si la tenía aquí. — La voz se le iba apagando —. No está. No la encuentro. No… no llevo dinero encima.
Ahí estaba, la de la espalda recta y el pastel deluxe, colorada hasta las orejas, sin un céntimo para pagarse un café.
Axel se estiró por encima del huequito entre las dos mesas y le puso unas monedas en la mano.
— Toma. Yo te invito.
La mujer se quedó mirando las monedas que tenía en la palma. Luego lo miró a él. Luego miró a la chavala descalza a la que acababa de humillar.
Le tembló la barbilla. Y aquella señora tan tiesa se echó a llorar allí mismo, con las monedas apretadas en el puño.
— Perdonad. Perdonadme, por favor, que yo no soy así. — Buscó un pañuelo en el desastre de la mesa y no lo encontró —. Es que llevo cuatro años viniendo aquí todos los días a la misma hora, a esta mesa, a tomarme esto. Todos los días. Y hoy entráis vosotros con un gato y un lío de mochilas y os sentáis ahí, y os habláis, y os reís. Y me ha salido eso. — Se apretó los ojos con la muñeca —. Cuatro años sin que nadie me mirara, y hoy…
Eva acercó su silla y se sentó a su lado.
— Anda, cómase el pastel, que está ahí a medias.
La mujer soltó una risa horrible, de las que salen con mocos, se sonó con una servilleta de papel y levantó la cabeza con una idea que llevaba mucho tiempo apagada y que acababa de encenderse con muy poco.
— Vivo aquí al lado — dijo —. Tengo una casa enorme y no tengo a quién enseñársela. Venid. Os invito a comer, a una ducha, a lo que queráis. Por favor. Y si no queréis venir lo entiendo perfectamente, ¿eh? Que yo también me habría dicho que no.
Axel miró a Eva. Eva miró a Axel.
— ¿Tiene agua caliente? — dijo Eva.
— Hija, tengo dos baños.
— Pues vamos.