Hostelero
Dos garrafas al sol, un cuaderno pequeño y una alambrada
Sin Hortensia, podían pasar por delante de una vaca y que nadie tuviera nada que decir sobre ella. Axel se sorprendió hablando de más para llenar aquel hueco: le contó a Eva cosas del hotel y acabó soltándole una teoría suya sobre las iglesias.
— Las ponen arriba del todo porque abajo va todo el mundo. Arriba solo sube el que se lo cree. Es un filtro. Los curas de antes eran listísimos, ¿eh? Muchísimo más que…
Se dio cuenta de que estaba intentando hacer de Hortensia y se calló. Siguieron una hora sin abrir la boca, y tampoco estuvieron mal.
Llevaba lo de Hortensia en el bolsillo del pantalón: la llave, fría contra el muslo, y los dos papeles doblados dentro del trozo de bolsa de harina.
La primera noche sacó los papeles mientras Eva roncaba y los examinó con el frontal al mínimo. Hasta con aquella lucecita brillaba el folleto de la promotora. Contó con los dedos los meses que faltaban para la fecha del sello: mayo, junio, julio, agosto y septiembre. Le cabían en una mano.
Le pareció muchísimo tiempo. Lo guardó otra vez con la llave, y aquel bolsillo ya no lo usó para nada más.
La segunda noche, cuando Eva ya se había metido en la tienda, apareció Gorgorito sentado en la mochila.
— ¿Y la vieja?
— Se ha quedado con un panadero.
— ¿La habéis vendido?
— Que se ha quedado, hombre.
— ¿Por cuánto?
— Por nada.
— Pues os han timado. — Se rascó la barriga —. ¿Chocolate?

— No tengo.
— Qué asco de viaje.
Y se fue.
El tercer día le vibró el móvil en el bolsillo. Un mensaje de nueve cifras sin nombre.
¿Por dónde andáis, hostelero?
Axel le contestó el nombre del pueblo al que iban. No se le ocurrió ninguna razón para no hacerlo.
A las once de la mañana, en una comarcal donde no pasaba nadie, oyeron un coche. Bajo, gris, rascando el asfalto en cada bache. Se puso a su altura y bajó la ventanilla.
— ¡Hostelero!
Asomó el codo por la ventanilla, luciendo unas gafas de sol que seguramente costaban más que la tienda de campaña.
— Que pasaba por aquí. Bueno, a una hora de aquí. — Se rió solo —. Yo soy de esta provincia, de ahí abajo. Subid, anda, que os planto en el pueblo en diez minutos.
Eva se había sentado en el quitamiedos con Fay en el regazo. No miró el coche. Kika se tumbó a la sombra de la puerta, que sombra es sombra.
Axel se agachó a la ventanilla y se oyó decir que no.

— ¿Cómo que no?
— Que vamos andando.
— Ya, pero son catorce kilómetros.
— Pues por eso.
El del coche los miró a los dos buscando el chiste. No lo encontró.
— Sois gilipollas — dijo, encantado.
Aparcó en el arcén con las cuatro luces puestas y se llevó a Axel a estirar las piernas. Anduvieron un kilómetro y pico, y el del coche no dejó de hablar ni para coger aire.
— Un colega mío tiene un velero de doce metros y se marea en la ducha. En la ducha, tío.
Se volvieron a por el coche cuando a su dueño le entró la duda de si por allí robaban.
Antes de irse se paró delante de Eva, que seguía en el quitamiedos rascándole al gato detrás de la oreja.
— Lo del otro día. Lo he estado pensando. Que eso no lo hace nadie así.

— Vale.
— Vale no. Vale es lo que se dice cuando no vas a hacer nada.
Y se fue.
Anduvieron los catorce kilómetros. Pararon tres horas en un río, porque el sol de las tres no se anda, y llegaron a las siete y media reventados, con una ampolla nueva cada uno. Quintanilla del Polvo era feísima y no tenía nada, ni polvo.
Aquella noche a Axel no le vino lo de la boca del estómago.
Pensó que era el cansancio.
Al día siguiente cayó un calor de los que se recuerdan y ellos llevaban cuatro días sin ducharse. Todavía podían defender que aquello no era mal olor, pero la mezcla de humo, crema del sol y mochila empezaba a tener bastante personalidad.
En una gasolinera, Axel salió de la tienda con dos garrafas de agua de ocho litros, una en cada mano, y cara de haber tenido una idea.

— Ni de coña — dijo Eva.
— Que no he dicho nada.
— Lo llevas escrito.
Si dejas las garrafas al sol toda la mañana, a las tres de la tarde el agua está caliente. Y ocho litros son ocho litros.
Se ató las garrafas a los lados de la mochila, una a cada lado, para que hicieran contrapeso. Dio tres pasos y tuvo que recolocarse las correas. Había comprado una ducha y ahora le tocaba hacer de fontanería.
Le esperaban cuatro horas de camino con dieciséis kilos de agua a cuestas, además de todo lo que llevaba ya.
— Dame una — dijo Eva a la hora.
— No.
— Que me des una.
— Que no.

A la segunda hora ella se paró en mitad de la carretera, le desató una sin pedir permiso y siguió andando con la garrafa colgada del hombro como un bolso. No volvieron a hablar del tema.
A las tres encontraron un rellano detrás de unos avellanos, apartado de la carretera y con una piedra grande y plana. El agua de las garrafas se había calentado como si acabara de salir del grifo de una bañera.
— Anda — dijo Eva, echándose un chorrito en la mano.
— ¿Eh? ¿Eh?
— Bueno. Vale. Ha sido una buena idea — dijo, muy deprisa, mirando a otro lado —. Y ahora te vas por ahí.
Axel se fue por ahí. Cincuenta metros, detrás de los avellanos. Desde allí no se veía nada y se oía todo.
Axel oyó caer un chorrito de agua, luego un grito ahogado y, después de una pausa, otro chorrito. La voz de Eva salió de los avellanos con una indignación tremenda:
— ¡ESTO NO ES UNA DUCHA!
— ¡Es agua caliente!
— ¡ES UN VASO DE AGUA CALIENTE, AXEL!
— ¡Hay que administrarla, tía!
— ¡ADMINISTRAR NO ES ESTO!

A los dos minutos, con otra voz, casi para dentro:
— Madre mía.
— ¿Qué?
— Que llevaba cuatro días con arena en el cuello.
Al otro lado de los avellanos, Axel se echaba el agua por la espalda y se sentía el tío más listo del mundo, aunque los comentarios del otro lado no lo acompañaran del todo.
Comieron pan con tomate en la piedra, con el pelo mojado.
— Oye — dijo Eva, mirándose las manos —. Las garrafas las has pagado tú.
Axel iba a decir «no pasa nada», que era lo que decía siempre. Le salió otra cosa.
— Cuatro sesenta.
Eva levantó la vista.
— ¿Qué?
— Que costaron cuatro sesenta. Las dos. Por si lo quieres apuntar.
Eva se quedó muy quieta. Luego sacó del bolsillo un cuaderno pequeño que se había comprado en el estanco de Peñalumbre, se chupó el dedo, buscó la última hoja y escribió.

— ¿Qué pones?
— Cuatro sesenta.
— No lo escribas de verdad.
— Ya está escrito.
La bronca fue por la ruta.
El quinto día, a las cinco de la tarde, con treinta grados y una cuesta. Axel llevaba media hora con el móvil en la mano.
— Por aquí nos ahorramos seis kilómetros.
— Por ahí no hay camino.
— Que sí. Mira, sale la línea.
— Esa línea es de hace veinte años.
— Es un mapa, Eva.

— Es un mapa hecho por alguien que no ha estado aquí.
Y siguió por la carretera.
— ¡Que son seis kilómetros, chiquilla!
— ¡Pues cógelos, chiquillo!
Y los cogió. Se metió por el camino él solo, muy digno. Kika se fue con Eva, lo cual le pareció una traición en toda regla.
Durante cuatrocientos metros el camino le dio la razón. Después se estrechó, se llenó de zarzas hasta la cintura y acabó en una alambrada nueva con un cartel de coto de caza. Axel se quedó allí mirando a ver si, por insistir, aparecía un hueco.
Tardó cincuenta minutos en volver, con los brazos llenos de arañazos.
Eva lo esperaba a la sombra del quitamiedos con el gato y la perra. Llevaba cincuenta minutos allí sentada, aunque podría haber seguido perfectamente sin él.

No dijo «te lo dije». Le pasó la botella.
— Seis kilómetros — dijo él.
— Y una alambrada.
— Nueva, ¿eh? Recién puesta. Que a esa la han puesto esta mañana pa mí.
Eva le dio una patada a una piedra, para no reírse.
Mientras bebía, Axel se fijó en la entrada del camino. La hierba estaba tan tiesa que se distinguían una por una las pisadas que había dejado él al entrar.
— Por ahí no pasa ni Dios — dijo —. Mira la hierba. Y la de la cuneta, tumbada a cachos. Eso no viene en el mapa.
Eva lo miró de reojo.
— Mírale, el listo.
Y siguieron por la carretera, que era más larga y llegaba.