Los martes

El técnico apareció el jueves veintinueve, un día antes de que se acabara el plazo. Llevaban tres semanas esperándolo. Trini decía que subía los jueves y Sabino, que cuando no llovía, así que el chaparrón del miércoles los había tenido pendientes de la ventana. El jueves amaneció seco y a las once oyeron un coche en la curva.

Se bajó un hombre de unos cincuenta, se puso un casco blanco en mitad de la calle, donde no le podía caer encima nada más que el cielo, y sacó una carpeta gris con una esquina rota. No era la otra carpeta.

Úrsula lo esperaba con los brazos cruzados en la puerta, Axel detrás y Eva sentada en el escalón, descalza. Desde el muro de enfrente, Sabino tenía los ojos cerrados y no se perdía nada.

El técnico no saludó. Se puso debajo del alero con la cabeza para atrás y estuvo así cuatro minutos. Luego sacó un medidor del bolsillo, apuntó a la fachada y miró la pantalla.

— Once con cuarenta — dijo, para nadie, y lo apuntó.

Sabino no abrió los ojos.

— Ya se ha secado.

El técnico pidió la escalera. Subió. Fue dándole golpecitos a la pizarra con el boli, fila por fila, primero el alero y luego la cubierta entera. Úrsula tenía las manos metidas en los bolsillos del mono, que era como rezaba ella.

En la casa de la esquina, en el primer piso, se movió un visillo.

El técnico revisa el alero mientras Úrsula, Axel y Eva esperan.

Entró en la casa sin quitarse el casco y, al llegar al cuarto de atrás, se quedó con el boli en el aire. Delante tenía tres metros de árbol que crecían en medio de la habitación y salían por el tejado.

— ¿Y esto?

— Eso es de la casa — dijo Úrsula.

Miró el árbol y el tragaluz antes de volverse hacia Úrsula. Luego apoyó la carpeta en la rodilla y escribió algo, dos líneas largas, que no vio nadie.

Eva se había dejado de mover. Axel también.

— ¿Esto quién lo ha hecho?

Axel levantó la mano, como en el colegio.

— Nosotros. Con ayuda.

Firmó. Despegó el plástico de la puerta, quitó las cuatro chinchetas de una en una y se las guardó en el bolsillo, porque las chinchetas eran del ayuntamiento.

El técnico se detiene ante el saúco y el tragaluz del cuarto reparado.

— Pues ya está — dijo.

Y bajó la calle.

En la madera quedaron cuatro agujeritos y un cuadrado más claro, del tamaño de un folio, donde llevaba meses sin darle el sol.

— ¿Ya está? — dijo Eva.

— Ya está — dijo Úrsula.

— Pues pa esto tanto sello.

El visillo de la esquina se quedó quieto. Luego se cerró.

Al de la carpeta no se le volvió a ver por la calle de arriba.

La plaquita que traía hecha en la carpeta apareció un día en la torrecita de la cuadra, entre el trozo de teja y la moneda, puesta por tamaño. Axel la dejó donde estaba.

El día tres no subió ninguna máquina.

Las cuatro casas tapiadas conservaron sus plaquitas. Axel las volvió a contar al pasar por delante.

En la puerta queda una marca clara con cuatro agujeritos donde estaba el aviso.

La leña apareció el jueves siguiente, apilada en la puerta. Roble y castaño, y ni una palabra de quién.

— Trini, que eso vale un dinero.

Trini no levantó la vista de las cuentas.

— Pues no me la bajes aquí, hijo, que no me cabe.

El chaval de las sartenes subió con un remolque un sábado. Podía quedarse hasta las doce. Cargaron por fin el somier, la media bañera y lo que quedaba de latas en la ladera. Antes de arrancar tuvieron que sacar a Kika tres veces: se empeñaba en ir montada encima. El lunes les tocó a ellos echarle una mano con la leña.

La luz la trajo en noviembre un electricista de la calle de abajo, que cobró la mitad en leña. De la que no era de nadie.

Axel se sacaba un jornal con Úrsula en tejados ajenos, que ahora ya sabía. Con lo primero que cobró pagó la escalera. Doscientos diez euros. Úrsula los contó delante de él dos veces, mojándose el dedo.

— Y no me lo vuelvas a mencionar — dijo.

Eva cantaba en la tienda los sábados y al cerrar Trini le daba lo que hubiera en una lata, sin contarlo. Y Eva lo cogía, que también era nuevo. Con la primera lata tachó una línea del cuaderno pequeño. Axel no preguntó cuál.

Axel aparta a Kika del remolque mientras Eva y el vecino cargan los últimos trastos.

En noviembre se firmó la casa, en dos notarías, y Eva firmó con un carné que olía a nuevo. El padre de Axel puso una parte y colgó antes de que nadie le diera las gracias.

Un miércoles de enero, a las cinco y media de la tarde, tenían nueve grados en la cocina y la chimenea tiraba fatal por culpa del viento del norte. Axel se sentó con las manos metidas en las mangas y pensó que habían hecho una idiotez de las buenas. Se acordó de los radiadores y de aquellos pisos con la calefacción incluida en la comunidad. Hasta la palabra «comunidad» le sonó bonita.

El hueco había vuelto a la boca del estómago. Axel lo reconoció enseguida.

Así estuvo veinte minutos.

Luego entró Eva con la cara roja del frío y un saco de castañas que le había dado alguien.

— Hostia, qué pelúa hace aquí dentro.

Sacó del cajón el altavoz, que no sonaba desde el robo, y puso algo. Lo encendió ella.

Se sentó a su lado sin quitarse el abrigo.

— ¿Estás bien? — dijo.

— No.

— Vale.

Eva se quitó las botas de una patada, sin molestarse en desatar los cordones, subió las piernas al banco y le metió los pies helados debajo del muslo, tan tranquila.

Axel no dijo nada. Se quedaron así, mirando las llamas, que apenas daban calor. A los veinte minutos cambió el viento y la chimenea empezó a tirar. A los cuarenta la cocina olía a castañas. Y Axel no se volvió a acordar del radiador en todo el invierno.

Eva mete los pies helados debajo del muslo de Axel mientras esperan a que tire la chimenea.

Una tarde de febrero, Eva sentó a Axel en una silla de la cocina y le echó una toalla por los hombros. Le había pedido las tijeras a Trini. El pelo volvía a caerle sobre el cuello de la camisa y él llevaba semanas apartándose el flequillo con el dorso de la mano.

— Como me hagas una desgracia, me quedo aquí encerrado hasta mayo.

— Tú quietecito, que bastante desgracia traes ya.

Le giró la silla hacia la ventana y sujetó un mechón entre dos dedos.

— ¿Por aquí?

— Por ahí.

Al terminar le dio el espejo de mano. Axel se miró de frente, de perfil y otra vez de frente.

— Bueno. Me quedan las dos orejas.

— Dos de dos, chaval. Un pleno.

Barrió él. Debajo de la silla había pelo para otra cabeza y Kika se llevó un mechón pegado al rabo sin enterarse.

Eva le corta el pelo a Axel, sentado en la cocina con una toalla sobre los hombros.

A la mañana siguiente bajó al hotel a pedir trabajo. Llevaba dos semanas pasando por delante. Lo que le daba vergüenza eran las ganas, porque a pedir ya había aprendido con una bota en la mano en un mercado. El dueño estaba detrás del mostrador con las gafas en la punta de la nariz.

— Buenas. Que si necesita a alguien.

— ¿Para qué?

— Para esto. — Señaló el mostrador con la barbilla —. Cuatro años de recepción. Y cinco idiomas.

Al decirlo le pareció poquísimo. Al dueño, por lo visto, no.

— ¿Sabes decirle a un alemán que la cinco da al patio?

— Y que no le va a molestar nada.

— Pues el lunes.

El primer día se encontró a Víctor entre las hojas del registro del verano. Siete semanas alojado y la casilla de acompañantes vacía. Cerró el libro.

Volvía a hacer lo mismo que cuatro años atrás, con la misma voz y las mismas llaves. La diferencia la notaba a las diez, cuando cerraba y subía a casa por una calle en la que conocía a todo el que se cruzaba.

También había alguien que tocaba el timbre del mostrador en cuanto se quedaba vacío. Ding. A la tercera, Axel alcanzó a ver un gorro escabulléndose detrás de la maceta.

— Eso es la corriente — dijo el dueño, sin mirar —. Esa puerta chupa. — Y ya en la escalera —: Mi padre decía lo mismo.

Un gorro diminuto asoma detrás de la maceta junto al timbre del hotel.

A Eva le pidieron que enseñara a cantar a una cría de nueve años de la calle de abajo. Empezaron con media hora los martes, en la cocina y sin partituras. A la tercera semana ya venían dos, y antes de la primavera eran cinco.

— No me mires a mí — le decía a la de nueve años, que cantaba mirándole la cara —. Mira la ventana. Y canta como si no te oyera nadie, que aquí arriba no te oye nadie.

Una tarde Axel oyó a la cría cantando sola en la fuente el estribillo de la noche de los callos, entero. Aquella noche no lo había grabado nadie.

Un sábado de marzo Eva bajó la mochila de colegio del rincón, le sopló el polvo de la tapa y se llevó a los críos al monte. Un plástico, cinco metros de cuerda y un fuego pequeño. Les enseñó que si dejas las cerillas fuera del plástico eres tonto y nadie te lo dice dos veces.

Lo que no les dijo era de quién lo había aprendido.

La mochila no volvió al rincón. Se quedó en la cuadra, colgada de un clavo al lado de la azul.

Una noche de marzo, cuando estaba a punto de cerrar, bajó a pedir agua un huésped de unos treinta años. Llevaba dos días andando y el lunes tenía que trabajar. Le preguntó cómo había acabado allí y Axel se descubrió con ganas de contárselo.

— Mira eso. — Señaló con la barbilla el jarrón que había encima del mueble, vacío, porque a nadie se le había ocurrido nunca meterle nada —. Te dan uno al nacer. Vacío. Y no te dan otro. Lo que hay que hacer es llenarlo de cosas que te hayan pasado de verdad. Cuantas más, mejor. — Se encogió de hombros —. Yo el mío lo tenía con cuatro años de nada dentro. Y un trozo de pizza.

El tío miró el jarrón.

— ¿Y si se llena?

— Hombre. Ojalá.

Le dio la llave de la cinco y el tío subió.

Al quedarse solo pensó que acababa de contarle aquello a un desconocido por primera vez. Había pasado tres años con una persona sin decirle nunca nada parecido, ni media frase.

Axel se queda mirando el jarrón vacío del hotel después de hablar con un huésped.

En marzo se decidieron a encender el horno. Sabino comentó que todavía se acordaba del pan de la madre de Hortensia y, tres días después, había cuatro personas discutiendo en el huerto cómo había que prepararlo. Resultó que con paciencia: cuatro días de fuego pequeño para que no reventara la piedra.

El primero lo prendió Eva. Metió el brazo hasta el fondo de la boca, a por papel, y sacó un folleto doblado en cuatro, gris de hollín. No lo desdobló. Le acercó una cerilla.

Ardió verde y azul, retorciéndose.

— Eso no es papel, chiquilla — dijo Úrsula, con la manga en la nariz —. Es barniz.

La mañana del quinto día hacía un frío de los que cortan la cara. Axel amasó trece hogazas, porque trece era el número. Le salieron ocho bien y cinco de aquella manera.

Las fue sacando una a una con la pala, con harina hasta los codos, y las puso en un tablero encima de dos caballetes. Eva, descalza en el escalón, se reía de las torcidas. Kika se metió debajo del tablero por si caía algo. Fay lo miraba todo desde el muro, sin bajar.

Poco a poco se llenó la calle. Trini cerró la tienda una hora y subió con las gafas colgando del cordón. Úrsula llegó con el mono y las botas de agua, y el chaval de las sartenes se presentó sin acordeón, dispuesto a ayudar con las manos. Sabino ya tenía cogido su sitio.

Entonces apareció la vecina de la esquina con un cesto tapado por un paño y se detuvo a dos metros del horno.

— Buenos días — dijo Axel, con la pala en la mano.

Ella miró el horno. Miró el tejado. Lo miró a él.

— Buenos días.

Y le puso el cesto delante para que se lo llenara.

La vecina de la esquina ofrece su cesto a Axel junto al horno.

Nadie pagó nada. Y a la semana había en la puerta una docena de huevos, un conejo y un saco de castañas, y nadie dijo nunca de quién eran.

Esa noche Axel llamó a Hortensia para contárselo, y no le salió entero, porque a la mitad de la primera frase ella ya estaba llorando y diciendo que qué tontería, hijo, que si es solo pan.

— Los martes — dijo, cuando se le pasó —. Que en mi casa era los martes.

Y desde aquel marzo fue los martes.

El martes siguiente, sin que fuera el cumpleaños de nadie, Axel salió al balcón y llamó a su padre.

— ¿Qué ha pasado?

— Nada. Que he hecho pan.

Su padre se quedó callado un rato.

— ¿Y le dejaste la boca abierta al principio, pa que respire?

Hablaron una hora. De hornos.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona