Manazas

El hornillo tenía once años.

Se lo regaló su padre a Axel cuando cumplió quince. Era de esos aparatos feos que no se rompen nunca: una plancha de acero, tres patas y un quemador que rugía como un avión pequeño.

Aquella tarde llovía sin ganas y sin parar, de esa lluvia fina que te cala en veinte minutos sin que sepas cuándo ha empezado. Encontraron un cobertizo de aperos en mitad de un campo, abierto por un lado, con el suelo de tierra dura y un montón de sacos vacíos en un rincón.

— Aquí — dijo Hortensia —. Y no se hable más.

Axel sacó la olla, montó el hornillo y abrió el gas. Le dio a la chispa un par de veces, pero el aparato no hizo ni el amago de encenderse.

— Trae — dijo Hortensia.

— Que no, que este va siempre.

Le dio nueve o diez veces más, igual, a ver si sonaba la flauta. A la décima la ruedecita hizo clic, se quedó floja y se puso a girar en el vacío.

— Ah.

Entonces vio a otro bicho sentado encima del regulador, con las manos en las rodillas y una cara que no prometía nada bueno. Era algo más grande que Gorgorito, llevaba un peto lleno de bolsillos y tenía unas manazas del tamaño de sus propios pies.

— Se ha roto — dijo, con una voz gravísima.

— Ya lo veo.

— Es que lo estaba mirando por dentro.

— Ya lo veo.

— Es que yo lo abro todo. — Se miró las manazas —. Pa ver por dónde va la cosa. Y luego lo cierro, y ya no va. — Se lo pensó —. Pero por dentro ya me lo sé. Y eso ya no se me olvida.

Manazas contempla el hornillo averiado mientras Axel prueba la rueda.

— ¿Y tú quién eres?

— Manazas.

— Pues claro.

Manazas volvió a estirar la mano hacia la ruedecita. Axel corrió el hornillo al otro lado de la olla.

— Ese me lo regaló mi padre. Las manos quietas, anda.

Manazas se miró las manos y se las metió en los bolsillos del peto. Le quedaron los codos a la altura de las orejas.

— ¿Y cómo voy a aprender?

— Hoy con otra cosa, que tenemos que cenar.

Axel buscó la mirada de las otras dos, pero Hortensia estaba escurriendo la rebeca y Eva contemplaba la lluvia, tan tranquilas. El numerito del hornillo se lo estaba comiendo él solo.

Manazas mete sus manos enormes en los bolsillos mientras Axel aparta el hornillo.

— Mañana buscamos una ferretería — dijo, más alto de la cuenta —. Con una piedrecita de chispero se apaña en dos minutos. De momento, lo enciendo con el mechero y listo.

— Mejor hacemos fuego — dijo Eva —. Que estoy helada.

— ¿Con todo mojado? Ni de coña, pelúa.

Eva ya se estaba levantando.

Eva volvió del campo con una brazada de palitos que había sacado de dentro de un tojo, donde no llegaba el agua ni después de tres días lloviendo. Con la navaja de Axel le sacó unas virutas a un palo gordo, las amontonó y fue colocando encima las ramitas finas. Dejó las gruesas alrededor, con sitio entre ellas para que entrara el aire.

— ¿Tienes mechero?

— Tengo dos.

— Pues ya está.

A los cuatro minutos había fuego dentro de un cobertizo, con el campo entero chorreando alrededor.

— ¿Dónde has aprendido eso?

— En ningún sitio.

— Eva.

— Que en ningún sitio. Se aprende porque si no cenas frío.

Eva saca virutas de un palo seco para encender el fuego.

Axel se quedó mirando cómo prendían las ramas. Quería aprender a hacer aquello. Desde que se había sacado el carné de conducir no le entraban unas ganas así.

Echaron una lata de atún y otra de tomate en la olla, añadieron un chorro de aceite y cenaron mojando pan en la salsa. La lluvia daba en el techo de uralita y Kika se tumbó delante de las brasas, estirando las patas.

Manazas se había ido al montón de sacos. Estaba sentado encima de sus propias manos, como un crío castigado, sin quitarle ojo al hornillo.

— Hortensia — dijo Eva —. Lo de la casa de tu madre.

Hortensia dejó el pan a medio camino, dio un trago de la cantimplora y se limpió la boca con el dorso de la mano antes de contestar.

— Es la casa donde me crié — dijo, mirando el fuego —. Arriba del todo, en la montaña. Piedra, la cuadra abajo, la vivienda arriba y un horno de pan pegado a la pared de fuera. Mi padre era herrero. Mi madre, todo lo demás.

— ¿Y por qué no estás allí?

— Porque a los diecinueve me bajé a la ciudad a despachar en una tienda y conocí a un señor con corbata. — Se rió por la nariz —. Luego se murieron mis padres, con dos años de diferencia. Mi hermano estaba en Alemania y no quería oír hablar de piedras, y mi hermana me vendió su parte por lo que costaba el notario. Enterré a mi madre por la mañana, firmé por la tarde y por la noche estaba poniendo la mesa en la ciudad.

— ¿Y no has vuelto?

— No.

— ¿Nunca?

Hortensia deja el pan a medio camino mientras habla de la casa de su infancia.

— Cuarenta y un años.

Axel se incorporó.

— ¿Cuarenta y uno?

— Al principio no tenía tiempo, que es lo que se dice. Luego era que para qué, si estaría hecha una ruina.

Ahí se paró. Se llevó la mano al bolsillo de la rebeca, apretó un momento lo que hacía clinc y no lo sacó.

— Una ruina — repitió —. Y luego ya era otra cosa. Que llevaba tanto sin ir que ir era admitirlo. Subir la cuesta, plantarte delante de la puerta y contar los años.

— Sí — dijo Eva.

Lo dijo tan rápido que Axel se giró.

— Un primo mío subió hace unos años y me mandó una foto — siguió Hortensia —. Y no la abrí. La tengo en el teléfono, que pone «la casa», y ahí está. — Levantó un hombro —. Es una tontería. Ya lo sé.

— Pues vamos — dijo Axel.

— Sí, hombre. Y de paso me limpiáis los cristales.

— En serio. Vamos.

— ¿Vosotros? ¿A un pueblo perdido a ver una ruina?

— Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto. Ya te lo dije. Pues a ese.

Hortensia parecía a punto de contestarle, pero se puso a recoger las latas con un empeño tremendo y a contar que los bordes cortaban muchísimo, que un primo suyo se había llevado siete puntos por una tontería de esas.

Hortensia recoge las latas vacías mientras Axel le propone acompañarla a su casa.

Ya tumbados, con Hortensia roncando, Eva habló a oscuras.

— Axel.

— Qué.

— Lo de la casa no lo ha dicho por decir.

— Eso ya lo he visto yo, listilla.

— No. Que lo lleva pensando desde el pantano. Desde lo del zapato.

— ¿Y tú cómo te fijas en esas cosas?

— Mirando, listillo. Duérmete ya.

Axel y Eva hablan en voz baja sobre sus esterillas mientras Hortensia duerme.

Axel se quedó mirando la uralita. Eva ya sabía lo que pensaba Hortensia cuando bajaron al pantano, y él llevaba diez días andando al lado de Eva sin enterarse de la mitad de lo que le pasaba.

Luego se acordó del hornillo.

Salió con el frontal, lo recogió del suelo y le dio a la ruedecita sin pensar.

Chispa.

Se quedó quieto. Chispa, chispa, chispa. Como siempre. Miró los sacos. Estaban vacíos.

— Eva — dijo bajito —. Que da chispa.

— Se habrá secado la piedrecita — dijo ella, sin abrir los ojos. Y se dio la vuelta muy deprisa para estar dormida.

— Me cago en la leche — dijo Axel, en voz alta.

Desde algún sitio del montón de sacos, muy bajito, se oyó una risa.

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