Soy Eva
Estaba a trescientos metros y todo el pueblo lo sabía
— Buenos días. ¿Me devuelves la escalera?
A las ocho de la mañana del sexto día, Úrsula se presentó en la puerta con el mono de trabajo puesto.
— ¿La escalera?
— La de aluminio, chaval. Que la necesito.
— Ah. Sí, claro. Está arriba, ahora te la bajo.
Úrsula no se movió del escalón.
— Está en mi casa.
— ¿Qué?
— Eva. — Se metió las manos en los bolsillos del mono —. Está en mi casa. Volvió el viernes.
Axel se quedó con la mano en el marco de la puerta.
— ¿En tu casa?
— A trescientos metros de aquí. En la verde.
— Úrsula, llevo cinco días mirando las cunetas.
— Ya lo sé. Te he visto. Me dijo que no dijera nada. Pues no dije nada.

— ¿Está bien?
— Está en mi sofá. Come, duerme y no habla. Como una gata escaldada.
— Mira, hijo, yo no me meto. — Y se metió inmediatamente —. Pero llevo cuatro días con una cría de veinticuatro años en mi salón, y anoche me contó lo que has hecho. Te voy a decir dos cosas y luego me devuelves la escalera.
Axel esperó.
— La primera es que la has cagado. Eso ya lo sabes, que se te ve en la cara.
— Sí.
— La segunda es que la cagaste el día que no se lo dijiste. No el día que llamaste. — Sacó una mano del bolsillo —. Callarse es una cosa. Darle el parte cada semana es otra.
Axel no contestó. No tenía con qué.
— Pues eso. La escalera.
— ¿Y por qué me lo dices ahora?
— Porque ahora me ha dicho que te lo diga.
Se dio la vuelta. A mitad de la cuesta se paró, sin girarse, y levantó la barbilla hacia el tejado.
— Y hoy sube. Que llevas cinco días sin tocar una pizarra y el papel de la puerta no se ha movido.

Resultó que lo sabía todo el pueblo: Trini, Sabino, el chaval de las sartenes y hasta la vecina que llevaba dos meses sin darle los buenos días. Veintiséis personas habían sido capaces de callárselo durante cuatro días, que en un pueblo de veintiséis es como guardar un secreto en una lata de sardinas. Trini le había cobrado el pan aquella misma mañana sin pestañear.
Se puso a subir pizarra a las nueve y aguantó hasta las cinco sin bajar a comer, pendiente de la cuerda y de la curva de la calle. Entonces la vio aparecer.
Eva venía con la mochila en un hombro y Fay por delante, luciendo el rabo tieso. Kika la oyó antes que nadie, salió disparada cuesta abajo y se puso a dar vueltas a su alrededor, aullando como si acabara de encontrarla después de cien años.
— Quita, pesada. Quita. — Y se agachó a abrazarla igual.
Axel bajó por la escalera con el cubo todavía en la mano y no supo qué hacer con el cubo.
— Hola.
— Hola.
— ¿Puedo entrar?
— Es tu casa.
— No, no es mi casa. — Lo dijo sin rencor, como un dato —. ¿Puedo entrar?
— Sí. Pasa, anda.

Se sentaron en la cocina, uno a cada lado de la mesa.
— Eva, yo…
— Espera.
— Es que quiero decirte que…
— Que esperes.
Se calló.
Eva puso las dos manos encima de la mesa y se las miró.
— Vamos a hacerlo al revés. Hablo yo primero. Y tú no me arreglas nada. Ni una frase, Axel. Si empiezas a explicarme por qué lo hiciste, me levanto y me voy.
— Vale.
Estuvo un minuto callada.
— Fui a la prueba — dijo —. Tres horas. Salió bien. Me dijeron que volviera en octubre y les dije que no. Me volví en un autobús y en un tractor.
Lo contó sin levantar la vista de la mesa.

— Luego cuatro días en casa de Úrsula. Le he pintado una habitación entera y no hemos hablado de esto ni una vez, que esa mujer no pregunta. Y el sábado, pintando un rodapié, me pillé esperando.
— ¿Esperando qué?
— A que subieras a buscarme.
Axel cogió aire.
— Cállate.
Soltó el aire por la nariz.
— A que subieras y me convencieras. — Se rió por la nariz, sin gracia —. Como toda mi puta vida. Esperando a que me lo pusieran fácil.
— Hortensia me dijo una vez que el que te hace sentir que le debes algo no te quiere. Te quiere mandar. — Le miró de frente —. Y tú me la has hecho, Axel.
Axel bajó la vista.
— Y en dos años no había dicho mi apellido en ningún pueblo. En este sí. Delante de un butano, pa firmar un sobre.
Sacó de la mochila el sobre de la aseguradora, que ya había abierto, y alisó la póliza sobre la mesa. Señaló una casilla con el dedo.
Ocupantes: 2.
— Dos años sin mí — dijo —. Y pone dos.
Axel lo sabía desde junio. Tampoco dijo eso.
— Y mi hermana no ha estado delante ni un día. Ni uno. La llevo yo. Pa todos lados. Como la mochila. — Se rió. Esta vez un poco —. Menuda libertad.

Axel se calló.
— Así que voy a hacer una cosa — dijo Eva —. Y la voy a hacer yo. Déjame el móvil.
Axel se lo dio. El mismo con el que, seis días antes, había llamado a otro.
— Dame el número.
— Eva…
— El número, Axel.
— ¿Estás segura?
Eva tenía ya el pulgar encima de la pantalla.
— No. Pero es mía.
Axel le dictó nueve cifras. Ella las fue tecleando una por una, sin equivocarse en ninguna.

Luego cogió la manta de cuadros del banco, se la echó por los hombros y salió al balcón, que era el único sitio de la casa donde había una raya.
Intentó cerrar la puerta del balcón, pero el marco seguía a medio arreglar desde julio y dejó una rendija de cuatro dedos. Axel la veía de espaldas, sujetando el teléfono sin acercárselo todavía a la oreja. Sonaron tres tonos, bajitos, desde su mano.
Al cuarto se lo puso en la oreja.
Por aquella rendija, Axel alcanzó a oír las primeras palabras que Eva le decía a su hermana en casi dos años:
— Soy Eva.
Luego un silencio larguísimo. Luego Eva diciendo «ya» tres veces seguidas, con tres voces distintas.
Axel se apartó de la puerta y fue a sentarse al otro extremo de la cocina, de espaldas al balcón. Dejó las manos quietas sobre las rodillas. Le dieron ganas de ponerse a fregar, de coger la escoba o de salir a por agua, pero se obligó a quedarse allí sin buscarse una tarea.
Fay salió al balcón por los cuatro dedos y se le sentó a Eva en los pies. Kika se quedó con Axel y le apoyó la cabeza en la rodilla.

Veinte minutos.
Cuando Eva entró tenía los ojos rojos y la cara tranquila. Dejó el móvil en la mesa, encima de la póliza.
— Viene.
— ¿Cuándo?
— El sábado de la otra semana. — Se sentó —. Dice que la trae Hortensia. No sé cómo, pero la trae Hortensia.
— Vale.
— Y si viene y la lío, la lío yo.
— Vale.
Se quedó mirando la mesa.
— Ahora ya puedes hablar — dijo.
Axel llevaba seis días ensayando un discurso larguísimo. Al abrir la boca descubrió que podía ahorrárselo casi entero.
— Me equivoqué.
Eva asintió.
— Vale. — Se levantó y cogió el cubo —. Anda, sube.