Me he pasado media mañana intentando recordar si cerré la llave del gas y al final he vuelto a casa solo para comprobar que la cocina olía exactamente igual que la dejé, a membrillo y a plancha caliente. Mi abuelo me enseñó a escuchar el mar dentro de una caracola y yo ahora hago lo mismo con las tazas vacías, buscándoles un latido. Guardo los imperdibles que encuentro en las costuras de la ropa nueva, clavados en el corcho de la cocina como si fueran insectos diminutos. Si me invitas a un paseo sin farolas, te cuento por qué el martes es el único día que sabe a domingo.
Codos de Remolinos
Un segundo: confírmanos que eres una persona