Habilidad magistral de un veracruzano al convertir el acto de ser treintañero en una fiesta continua, mezclando serenidad y desmadre con un toque de café lechero.
Acto de lidiar con la crisis existencial y económica al llegar a los treinta años: pagar las cuentas, preocuparse por el futuro y revivir la adolescencia cada viernes.