Algo dulce

— Vosotros sois los de la casa de la Hortensia.

Llevaban en el pueblo veintidós horas.

— Sí.

— Lo sé.

La tienda estaba junto a la fuente y servía también de bar, estanco y lugar donde dejar los paquetes de todo el mundo. En el cartel ponía ALIMENTACIÓN TRINI. La tal Trini rondaba los sesenta, llevaba las gafas colgadas de un cordón y te miraba de una forma que te quitaba las ganas de explicarle a qué venías. Seguro que ya lo sabía.

Les plantó dos cafés en el mostrador sin esperar a que los pidieran y, mientras ellos elegían qué llevarse, fue añadiendo cosas por su cuenta.

— Velas no, que ahí arriba dormís encima de helechos secos y os vais a quemar vivos. Coge frontales, que tengo dos.

— Vale.

— Y una escoba. Sin escoba no vas a ningún lado.

— Vale.

— Y guantes, hija, que las zarzas de ahí arriba pinchan que te cagas.

Eva cogió guantes.

Trini añade frontales, guantes y una escoba a las compras de Axel y Eva.

— Y lo del papel de la puerta ya lo sé, así que no me lo contéis. — Metió unos tomates en una bolsa sin mirarlos —. Lo sabe el pueblo. Y los de las tapiadas, los primeros.

— ¿Quiénes son los de las tapiadas?

— Unos de fuera. Llevan dos años comprándoles a los sobrinos las casas de los muertos. Pagan poco y sonríen mucho. — Hizo una cuenta en un papel de estraza —. Les falta la de la Hortensia, que es la del horno. Y la del agua.

— ¿Qué agua?

— La del manantial de arriba, que baja por su huerto. Sin eso no tienen spa, hijo. Tienen una bañera. — Dobló el papel —. De vez en cuando sube uno con una carpeta a medir la casa.

— ¿A medirla pa qué?

— Para ir sabiendo lo que les cabe.

Axel aprovechó que se había puesto a cobrar para sacar el otro asunto. Llevaba ensayándolo desde la fuente y aun así le salió con toda la pinta de estar preguntando una gilipollez.

— Oiga. Una cosa. En la casa… nos ha parecido que hay algo.

Trini ni paró la máquina.

— ¿Ratas?

Trini dobla la cuenta entre los cafés, los tomates y el material que necesitan para la casa.

— No.

— ¿Marta?

— Marta también, creo. Pero no.

Se le acabaron las maneras de decirlo sin decirlo y prefirió callarse.

Trini esperó dos segundos. Luego volvió a mirar el ticket.

— Pues ponles algo dulce y ya está.

A Axel se le quedó la cartera abierta en la mano.

— ¿Cómo?

— Que les pongas algo dulce. Un poco de azúcar en un plato, o miel. — Arrancó el ticket —. Y no barras hacia los pies de la escalera, que eso les molesta.

— Perdone, ¿que no barra hacia dónde?

— Hacia la escalera. — Lo miró como a un extranjero —. Barre para el otro lado.

— ¿Y si barro para ese?

Trini, por primera y única vez en toda la conversación, levantó la cabeza y lo miró de frente.

Trini recomienda ponerles algo dulce mientras Axel la escucha con la cartera abierta.

— Pues no barras para ese.

Y volvió a la máquina.

— Doce cuarenta.

Al salir se sentaron los dos en el bordillo de la fuente. Axel todavía tenía cara de haberse dejado algo dentro.

— ¿Estás bien?

— Me ha dado un yuyu que no veas. — Miró el suelo —. Llevo toda la vida con esto. Y esa señora me dice que barra para el otro lado como si me dijera dónde está el contenedor de la basura.

— Ajá.

— Y ni ha levantado la cabeza, Eva. Ni la cabeza.

Eva llena las botellas en la fuente mientras Axel sigue desconcertado por los consejos de Trini.

— Una vez sí — dijo Eva —. Pa decirte que no barras para ese.

Y se levantó a llenar las botellas.

En los cuatro días siguientes se encontró tres veces con la misma naturalidad. Un hombre que cargaba leña, al preguntarle Axel por una pared del pajar, le recomendó que no tocara esa parte, «que ahí duerme alguno».

Una señora le vio subir con la carretilla y le dijo que si iba a mover el montón de escombro, que avisara antes en voz alta.

— ¿Que avise a quién?

— Tú avisa, hombre. Que no cuesta nada.

En la tienda, un chaval de unos treinta años interrumpió su café para contarle a Trini que se le había vuelto a caer una sartén del gancho, y que ya iban tres.

— Pues cuelga otra cosa — dijo Trini.

— Ya.

Un vecino cargado de leña señala a Axel el rincón del pajar que conviene dejar tranquilo.

Al cuarto día Axel volvió a bajar a la tienda y se lo preguntó a Trini de otra manera.

— Trini. La gente de aquí, cuando una casa lleva mucho cerrada, ¿qué dice que hay dentro?

Trini estaba colocando latas y no paró.

— Humedad.

— Aparte de la humedad.

— Ratas.

— Aparte de las ratas.

Ahí sí se giró, con una lata de tomate en cada mano, y lo miró por encima de las gafas.

— Hijo. ¿Tú has venido a hacer una casa o a hacer preguntas?

— A hacer una casa.

— Pues hazla.

Con una lata en cada mano, Trini pregunta a Axel si ha venido a arreglar la casa o a hacer preguntas.

Y siguió con las latas.

Aquella noche, ya tumbados en los helechos de la cuadra y con el frontal colgado de un clavo, Axel intentó explicarle a Eva el lío que tenía en la cabeza.

— Es peor — dijo.

— ¿El qué?

— Esto. En la ciudad yo veía cosas y nadie las veía, y era yo. Malo, pero claro. — Se incorporó sobre un codo —. Aquí todo el mundo habla de ellos y nadie los ve. Lo dicen como mi abuela, que cuando se le caía el pan le daba un beso antes de tirarlo.

Se dejó caer otra vez.

— O sea, ¿qué? ¿Que lo que yo veo aquí es un refrán?

Eva tardó en contestar.

— ¿Y tú qué prefieres?

— ¿Cómo?

— Que sea verdad o que sea un refrán.

Axel abrió la boca y no le salió nada.

— No lo sé.

— Pues eso.

— ¿Y tú qué prefieres?

Eva se quedó mirando el techo.

Tumbados en la cuadra bajo la luz del frontal, Axel intenta explicarse y Eva mira el techo.

— Yo el azúcar lo pondría igual.

— Eso no es contestar, chiquilla.

— Pues no contesto.

Y se durmió. A Axel unas veces le encantaba que hiciera eso y otras le daban ganas de tirarle una bota.

Al día siguiente esperó a que Eva bajara a por agua y dejó un plato con dos cucharadas de azúcar en la repisa de la chimenea. Se sintió ridículo hasta que se volvió y encontró a Fay mirándolo desde la puerta, con la calma de un funcionario que ha visto aquel trámite mil veces. Entonces se sintió ridículo delante de alguien.

— Tú no digas nada.

Fay bostezó.

El azúcar aguantó en el plato toda la tarde y toda la noche. A la mañana siguiente no quedaba ni un granito, pero por la pared subía una fila de hormigas que salía de una grieta.

Axel se entretuvo mirando las hormigas antes de volver a llenar el plato.

0:00

Un segundo: confírmanos que eres una persona