La casa
Cuarenta años cerrada, con un árbol creciendo dentro
La calle de arriba eran seis casas y cuatro estaban vacías.
Se notaba enseguida cuáles: las vivas tenían leña apilada, o una manguera, o un felpudo, y las otras tenían las ventanas tapiadas con bloques y unas zarzas que subían por la pared.
La última no estaba tapiada. La última tenía la puerta puesta.
Era una casa de dos alturas, de piedra oscura, más grande de lo que Axel esperaba. Abajo, un portón ancho de madera reventado por la parte de abajo, de la cuadra. Arriba, un balcón corrido de madera con la mitad de las tablas caídas y un helecho creciendo en una esquina.
Pegado a la pared de la derecha, medio comido por la hiedra, un bulto redondo de piedra con una boca negra.
El horno. Estaba exactamente como en el papel.
Axel llamó a Hortensia desde la calle, apoyado en el muro de enfrente. Cogió al segundo tono.
— ¿Estáis ahí?
— Estamos delante.
Se oyó a Hortensia respirar al otro lado.
— ¿Y?
Axel miró la fachada.
— Sin adornar, ¿no?
— Sin adornar.
— Pues está de pie, pero por poco. — Fue nombrando —. El balcón está caído por un lado. Hay una ventana sin cristal. El tejado tiene un boquete grande en la parte de atrás, y ahí dentro ha crecido algo, porque asoman ramas por el agujero.
— Ay, madre.
— Las paredes están bien. — Se acercó y le dio un golpe con los nudillos —. Las paredes están perfectas, Hortensia. Esto es piedra de un metro.
— ¿Y el horno?
— El horno está.
Ella tardó en contestar.
— ¿Está entero?
— Está entero. Tiene hiedra por encima, pero está entero.
Oyó a Hortensia respirar de una manera rara al otro lado del teléfono.
— Bueno — dijo, con la voz normal otra vez —. Pues ya lo sé. Gracias, hijo.
— ¿Quieres que te mande una foto?
— No.
Y colgó.
El chaval había subido detrás sin que nadie le dijera nada y estaba plantado en mitad de la calle con las manos en las caderas, mirando la fachada de arriba abajo.
— Hostia. ¿Esto es vuestro?
— No.
— Mejor todavía.
Lo dijo encantado, como quien se entera de que la entrada es gratis.
Eva se había quedado en el escalón de enfrente, con la mochila todavía puesta.
— ¿Y tú qué haces aquí?
— Pasaba.
— Aquí no pasa nadie.
— Bueno. — Sonrió con toda la cara —. Pues pasaba mal.
La llave era la del sobre de Hortensia: larga, de hierro, con la paleta cuadrada, y llevaba dos meses en el bolsillo de Axel pegada al papel de la harina.
No entró.
Estuvo Axel diez minutos peleándose con la cerradura antes de darse cuenta de que estaba llena de tierra y de que dentro había algo que no era una cerradura: un nido, viejo, seco, hecho con hierba y con un trozo de plástico azul. Lo sacó con una ramita, con muchísimo cuidado, y lo dejó encima del muro.
El del coche lo contó él mismo mientras Axel peleaba con la cerradura, sin que nadie se lo preguntara y sin darle la menor importancia: que había salido a las cinco de la mañana, que la última hora era todo curvas, y que el nombre del pueblo se lo había ido diciendo Axel por el móvil desde hacía dos meses, cada vez que le preguntaba por dónde andaban.
Eva levantó la cabeza un segundo y volvió a bajarla.
Axel siguió dándole a la llave y no dijo nada.
La llave entró al cuarto intento y giró con un ruido que sonó a hueso.
Dentro olía a tierra mojada y a algo dulce que no supo identificar. La cuadra era una nave grande, con el suelo de losas y unos pesebres de piedra a lo largo de una pared. Había una carretilla oxidada. Había una montaña de helechos secos en una esquina.
Y había luz. Luz que entraba del techo.
Subieron por una escalera de piedra pegada a la pared, sin barandilla, contando los escalones porque había dos partidos.
Arriba estaba la casa. Una cocina con una lareira enorme, negra de humo, con el hueco de la chimenea del tamaño de un armario. Una mesa de madera todavía en pie. Dos sillas, una de ellas del revés en el suelo. Un pasillo. Dos cuartos.
Al fondo, donde estaba el boquete del tejado, un montón de escombro y de pizarra caída, y saliendo de en medio del montón, subiendo hacia el agujero, un saúco. Un árbol entero. De tres metros.
Creciendo dentro de la casa.
Eva se quedó parada mirándolo.
— Joder — dijo.
Entraba una columna de luz por el agujero y le daba a las hojas, y las hojas se movían, porque cuarenta años de agujero en un tejado son cuarenta años de aire entrando. Un árbol dentro de una casa, creciendo hacia el sitio por donde se había roto la casa. Axel se quedó ahí más rato del que hacía falta y no dijo lo que estaba pensando, que era que aquello era lo más bonito que había visto en todo el viaje.
Lo segundo que pensó, ya con menos poesía, fue que por ese agujero entraba también el agua, y que en tres meses sería octubre.
Estuvieron dos horas dando vueltas y encontraron cosas. Una lata de galletas con botones dentro. Un almanaque de hacía cuarenta años clavado en la pared, hinchado por la humedad. Una foto pegada al fondo de un cajón, de una boda, con las caras borradas por el agua. Un zapato de niño, uno solo. Caca de marta en la escalera y plumas de lechuza en el cuarto de atrás.
Y encontraron lo otro, que era lo que no cabía en una lista. No había luz, porque los cables acababan en una caja de porcelana rota y de ahí a nada. No había agua, porque la manguera que bajaba del manantial de arriba estaba partida en tres sitios y llena de tierra. El huerto era una selva de zarzas de metro y medio que se lo había tragado todo, con un manzano y un cerezo dentro, viejos, torcidos, que no habían dado fruta en años y a los que nadie había podado. En la cuadra había un nido de ratas del tamaño de una almohada y, detrás de la casa, cuarenta años de cosas tiradas por la ladera: latas, un somier, botellas, media bañera. Axel lo fue mirando todo con la cara de quien hace una lista de tres columnas y se le acaba el papel.
Y encontraron, en el suelo de la cocina, al lado de la lareira, un montoncito.
Un montoncito ordenado. Cuatro cosas puestas una encima de otra, del tamaño de un puño: un botón grande, una pinza de la ropa, un trozo de teja y una moneda de las de antes, de las gordas. Puestas en pila, con cuidado, del más grande al más pequeño.
Axel se agachó.
— Eva.
— Sí.
— ¿Ves esto?
Eva se agachó a su lado y lo miró un buen rato.
— Una marta — dijo —. Guardan cosas.
— ¿Del más grande al más pequeño?
— Las martas hacen lo que les da la gana.
Se levantó y se fue a mirar otra cosa, y Axel se quedó agachado delante de cuatro trastos apilados con una paciencia que no le pega a ningún animal.
Lo vio al anochecer, cuando ya estaban recogiendo para bajar a montar el saco en la cuadra. Estaba sentado en el borde del hueco de la chimenea, con las piernas dentro y la espalda muy recta. Era más pequeño que Gorgorito y llevaba una cosa que parecía un chaleco hecho de un trapo, cerrado hasta arriba. Estaba peinado. Y estaba muy serio.
— Buenas — dijo Axel.
La criaturita ni se movió. Lo miró de arriba abajo, muy despacio, como quien mira una factura.
— ¿Vosotros os quedáis? — dijo.
Y a Axel le salió la verdad, que era que no lo sabía.
— No lo sé.
El bicho asintió una vez, con la cara del que ya se esperaba esa respuesta y la tiene apuntada en algún sitio.
— Ya me lo diréis.
— Oye. ¿Y tú cómo…?
Pero ya se había metido por el hueco de la chimenea, y desde dentro, con un eco de piedra, llegó una última frase:
— Y esa pizarra de la puerta la habéis dejado donde no toca.
Antes de bajar a la cuadra, Axel volvió a salir a la calle con la linterna del móvil y se puso delante de aquel bulto de piedra pegado a la pared de la derecha. Le apartó la hiedra con el brazo. Era una bóveda del tamaño de un horno de pan, con una boca negra de medio metro y una losa por delante, comida de musgo, con las juntas todavía enteras.
Sacó el papel del bolsillo y lo leyó con la linterna, aunque se lo sabía de memoria.
La última de la calle de arriba, la que tiene el horno pegado a la pared.
Se quedó ahí, en medio de la calle, a las once de la noche, con un trozo de bolsa de harina en una mano y un horno de pan en la otra, y le pareció una broma tan grande que se rió solo.
— Eva.
— ¿Qué?
— Que es un horno.
— ¿Qué es un horno?
— Que lo que ponía en el papel de la panadería era un horno de verdad. — Le dio dos golpes en la piedra con el nudillo —. Que está aquí.
Eva salió al escalón, se asomó, y no dijo lo que él esperaba.
— Pues ya sabemos qué vamos a hacer en marzo — dijo, y se metió otra vez.
Durmieron abajo, en la cuadra, encima de los helechos secos, que resultaron ser un colchón bastante decente. Se oía la casa: se oía crujir arriba, y correr algo por el techo, y el saúco moviéndose con el aire que entraba por el agujero.
Él se fue a dormir al hotel.
Antes de bajar se quedó un momento en la puerta de la cuadra, mirando los helechos y el frontal colgado de un clavo, y sacó la cartera.
— Que ahí abajo hay once habitaciones y están vacías. — Ya tenía los billetes fuera —. Dos noches. O tres. O las que queráis, que a mí me da lo mismo. Que esto es un cuchitril, tíos.
Desde dentro, sin levantarse, Eva dijo que no.
— Si no es nada, de verdad.
— Ya.
Se guardó la cartera sin que se le notara nada, dijo que a las nueve estaba allí con café, y bajó la calle silbando.
Durmió en el hotel las seis semanas que se quedó, con desayuno.
Y a la mañana siguiente, a las nueve, estaba en la puerta con tres cafés del hotel en vasos de plástico, tan contento.
Por la mañana Axel salió a mear al huerto, que era una selva de zarzas de metro y medio, y miró la casa desde fuera un rato largo, con la luz de las ocho dándole a la piedra. Y luego se acercó, cogió el trozo de pizarra que había caído en la puerta y lo apoyó contra la pared, a un lado, de canto. Para que no estorbara.
Estuvo un rato mirando la pizarra apoyada.
Y luego cogió otro trozo y lo puso al lado del primero.