La caja de botones perdidos
Contado por Carmen
Hay tardes en las que el bosque no tiene prisa. El sol cae despacio, filtrándose entre las copas de los castaños en largos hilos dorados, y el aire huele a pino seco, a tierra húmeda y al dulce aroma de las moras silvestres madurando al borde del camino. En momentos así, cuando los pájaros bajan el tono de su canto y las libélulas se posan a descansar sobre las rocas del río, a los Magikitos les gusta buscar refugio en el taller de Lea.
Ese taller no era una casa común. Estaba construido en el interior de un viejo tronco de nogal hueco, con ventanas redondas hechas con lupas encontradas y una chimenea de barro de la que siempre salía un hilo de humo con olor a canela. Pero lo más especial del taller no eran los relojes de arena minuciosamente calibrados, ni las lupas de aumento para mirar patas de hormigas. Lo más especial estaba justo en el rincón más fresco, sobre un estante de madera pulida, el cajón de los botones perdidos.
Para un humano, aquel cajón no habría sido más que un contenedor olvidado al fondo de un mueble viejo. Pero para un Magikito, el cajón era un archivo de memorias, una biblioteca silenciosa de vidas lejanas.
Aquella tarde en particular, el viento soplaba suave fuera, haciendo crujir las hojas con un murmullo constante y reconfortante. Florian, con sus manos manchadas de pintura azul, y el pequeño Roberto se habían acomodado en unos cojines hechos de musgo mullido cerca de la mesa de Lea. La Magikita sacó el cajón con mucho cuidado. Era de madera de cedro, pesado y oscuro, y al deslizarse producía un sonido seco y suave. Dentro, cientos de botones de todos los colores, formas y materiales descansaban unos sobre otros: botones de hueso tallado, de nácar iridiscente, de madera de oliva pulida por el roce de los dedos, de pasta de cristal y de metal patinado por los años.
—Cada botón que llega aquí —dijo Lea con voz pausada— no se ha perdido por accidente. El viento se lo entrega a los Magikitos cuando su historia en el mundo de los humanos ya ha terminado, pero su memoria aún necesita ser cuidada.
Roberto extendió la manita con timidez y metió los dedos en el cajón. El contacto con la madera fría, el metal suave y el nácar pulido producía un tintineo sutil, similar al agua de un manantial cayendo sobre piedras pequeñas.
—¿Y cómo sabemos qué historia guarda cada uno? —preguntó Roberto, acurrucándose más en su cojín de musgo.
Florian sonrió, apoyando la espalda contra la pared del tronco. —No se lee con los ojos, pequeño, se escucha con la yema de los dedos y el corazón tranquilo.
Lea tomó con delicadeza un botón grande de nácar blanco que devolvía destellos rosados y verdosos según le diera la luz de la vela. Tenía dos pequeños agujeros en el centro y una leve muesca en el borde. —Escuchen este —dijo Lea, colocándolo suavemente en la palma de la mano de Roberto.
Roberto cerró los ojos. Al principio solo sintió el frescor del material, pero poco a poco, a medida que la respiración de los tres Magikitos se volvía uniforme y tranquila, empezó a percibir algo más. Un calorcito tenue subió por su manita.
—Este botón —susurró Lea mientras Roberto escuchaba en su mente— perteneció al abrigo de un viejo zapatero que vivía al borde del mar. Todas las mañanas, el zapatero salía a caminar por la escollera, antes de abrir su taller. El botón vio pasar cien tormentas y mil amaneceres. Guardó el olor a sal pura, el crujir de las olas rompiendo contra las rocas y el sonido de las gaviotas a lo lejos.
Roberto suspiró sintiendo casi la brisa marina en sus mejillas, una brisa suave que no despeinaba sino que arrullaba. —¿Y por qué llegó a nosotros? —preguntó el pequeño Magikito.
—Porque un día el abrigo se volvió viejo y el hilo del botón se soltó. El botón cayó en la arena suave y una ola juguetona lo empujó hasta la orilla, donde una hurraca lo recogió pensando que era una luna pequeña. Cuando la hurraca voló sobre nuestro bosque, lo dejó caer justo sobre una alfombra de musgo. Ahora, cuando el bosque está muy seco y añora al mar, sacamos este botón y nos recuerda la humedad del mar.
Entonces, Florian metió la mano en el cajón y sacó otro botón. Este era abombado, de madera oscura, con vetas que parecían ondas de agua. Tenía cuatro agujeros en el centro y todavía conservaba un diminuto resto de hilo de lana de color verde hoja. —Este es mi favorito para las noches de lluvia —comentó Florian con una sonrisa serena.
Pasó el botón a las manitas de Roberto. Esta vez, el recuerdo no era de viento ni de mar, era un sonido: el chasquido suave de una mecedora de madera sobre un suelo de baldosas rojas, el tic-tac constante de un reloj de pared y el tarareo de una abuela que tejía una bufanda junto a la chimenea mientras fuera caía una lluvia constante sobre los cristales. El sonido era tan reconfortante que a Roberto se le empezaron a entrecerrar los ojos. El calor del taller de Lea, el aroma a madera de nogal y el relato pausado de sus amigos lo envolvían como una manta pesada y tibia.
—Los botones de madera guardan la calma de los hogares —continuó Lea, acomodando el resto de los botones en hileras según los colores—: los azules con los azules del cielo, los dorados con los de la luz del sol, los verdes con los del musgo de primavera. Nos recuerdan que después de un largo día de trabajo siempre hay un lugar seguro donde descansar.
Estuvieron así durante mucho tiempo, sacando botón tras botón, escuchando historias de viajes lejanos, de cartas guardadas en bolsillos, de paseos por jardines llenos de lavanda y de tardes de otoño ojeando libros antiguos. Ningún botón tenía prisa por ser contado y ningún Magikito tenía prisa por terminar.
Fuera del taller, la noche había caído por completo sobre el bosque. Las hojas de los robles susurraban despacio con la brisa nocturna y arriba, entre las ramas, las primeras estrellas empezaban a titilar con un brillo suave y lejano. Lea guardó los botones de nuevo en el cajón de cedro. El sonido final al cerrarse fue tan suave como un suspiro. Roberto, ya medio dormido en su cojín de musgo, se acomodó la mantita de pétalo de caléndula hasta la barbilla.
—Lea —murmuró con la voz ya borrosa por el sueño—, ¿nosotros también dejaremos un botón algún día?
Lea se acercó, le acomodó el gorrito de fieltro y le acarició la frente con la punta del dedo.
—Quizá —dijo en un susurro—, pero mientras tanto, nosotros somos quienes cuidamos la música de sus recuerdos para que el mundo nunca olvide cómo descansar.
Florian apagó la vela principal, dejando solo una pequeña lamparita de aceite de avellana encendida. El taller de Nogal quedó envuelto en una penumbra dorada y cálida. Fuera, el bosque entero dormía bajo la protección de las luces sutiles de las luciérnagas, y en el interior del cajón, los botones sonreían en silencio, sabiendo que estaban en el lugar más seguro del mundo.