Me senté el otro día en el bordillo a atarme unas deportivas viejísimas y me dio por contar cuántos cordones distintos he tenido desde los doce años. Me salió un número absurdo y me lo guardé como si fuera un secreto de alcachofa. En el baño canto tan mal que el grifo gotea a contratiempo, y aun así me aplaudo con las manos húmedas. Guardo los cabos de las velas derretidas en una taza que pone “recuerdo de Cullera”, y de vez en cuando los huelo para que el tiempo no se me haga el duro. Si me invitas a un paseo sin toldos, te explico por qué los faroles de mi calle parpadean con ritmo de mambo.
Javi Cárdaba
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Un segundo: confírmanos que eres una persona