Escúchalo narrado
0:00 / 8:40Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
Imagínate un paseo en el que alguien dice «un momentito, que quiero mirar eso» cada veinte metros. Primero una piedra cubierta de musgo. Luego una rueda. Después una puerta bajita que parece exigir una contraseña. Íbamos a dar una vuelta y ya estamos buscando domicilio para un duende.
Así nos gusta acercarnos a Taramundi, en el occidente de Asturias: con curiosidad por el lugar real y sitio en la cabeza para inventar. Su nombre forma parte del imaginario de los Magikitos. El bosque de nuestros cuentos puede tener vecinos diminutos y broncas por una castaña. El pueblo y sus oficios merecen que los miremos con algo más de atención.
Un bosque para pararse, aunque se te enfríe el bocata
En la descripción municipal de la Ruta del Agua, el tramo entre Esquíos y As Veigas atraviesa castaños, con robles y abedules en algunas zonas.
Con eso ya tenemos dónde poner los ojos. Una rama torcida puede parecer un brazo, una raíz puede dibujar un escalón y un hueco oscuro puede convertirse, en tu imaginación, en la entrada de una casa. Lo mejor llega cuando tu acompañante mira y dice: «Pues yo ahí veo una patata». Se acabó la solemnidad del bosque. Gracias por tanto.
Si aparece la niebla, el escenario cambia. Si sale el sol, también. No hace falta que el tiempo se porte como en una ilustración para disfrutar de los detalles. Ni ponerle una edad fabulosa a cada árbol. La corteza, las hojas y la forma de las ramas ya dan para una buena conversación.
Algo parecido pasa con las setas y sus vecinos imaginarios: una forma pequeña te dispara un cuento entero. Puedes mirarla un rato, dejarla donde está y llevarte la ocurrencia. Cabe en cualquier bolsillo y no suelta tierra en el coche.
La navaja merece que te pares un rato
El Museo de la Cuchillería, en Pardiñas, reúne la historia del oficio y la fabricación actual. Su propuesta incluye un taller que se observa desde una galería acristalada.
Me gusta esa oportunidad de mirar cómo se hace algo. Una pieza acabada te deja ver el resultado. El trabajo te plantea otras preguntas: cómo encaja una parte con otra, qué decide cambiar quien la hace, en qué momento da por terminado un detalle. De pronto, el objeto tiene más conversación de la que parecía.
Y también puede haber herramientas nuevas, ajustes y decisiones prácticas. Admirar un oficio no obliga a desear que se quede congelado para nuestra foto. A mí me interesa que alguien sepa hacerlo, pueda explicarlo y tenga margen para seguir aprendiendo.
Por eso, cuando hablamos de las figuras hechas a mano, nos fijamos en sus gestos y en sus diferencias. Una sonrisa algo torcida puede resultar más simpática que una pose solemne. Sobre todo si el personaje tiene pinta de haber roto algo y estar preparando una explicación malísima. Hasta te dan ganas de echarle un cable.
En Os Teixois, el agua se pone a trabajar
El Ayuntamiento sitúa el mazo de Os Teixois en un documento de 1752. Es un dato concreto al que agarrarse para hablar de su historia.
En Os Teixois hay mazo, molino, piedra de afilar, batán y central eléctrica. Esta última arrancó en 1942, según su expediente patrimonial.
La parte del mazo se entiende con esta secuencia: el agua mueve la rueda y unas levas, salientes del eje, levantan y sueltan el martillo. Cabeza de hierro, mango de madera, según este estudio técnico.
Y ahora imagina el momento en que lo pillas. Llevabas mirando una máquina antigua con cara de «sí, muy bonito» y, de repente, entiendes el movimiento. Ah, leche. Que era eso. Ese pequeño clic da un gusto tremendo. Te entran ganas de explicárselo al siguiente, aunque haya llegado contigo y lo haya entendido antes.
El batán tiene otra tarea: sus mazos golpean los tejidos para compactarlos y darles resistencia. El molino muele cereal y la piedra sirve para afilar.
Son trabajos distintos. Saber cuál hace cada aparato ayuda a mirar más allá del ruido y de la rueda que gira. Y reconocer el ingenio también deja sitio para reconocer el esfuerzo: esas máquinas necesitan personas que las conozcan, las atiendan y las conserven. El sentido común, él solito, no cambia una pieza gastada.
Mazonovo tiene nombre propio
El Museo de los Molinos de Mazonovo combina molinos restaurados y reproducciones. Algunas instalaciones permiten experimentar con la molienda.
Mazonovo es aquí el nombre del lugar. Un mazo golpea, un molino muele y el nombre nos dice dónde estamos. Con esas tres pistas, el paseo empieza a tener más sentido.
Además, lo de probar tiene su gracia: una cosa es mirar cómo trabaja un mecanismo y otra notar el esfuerzo de hacerlo funcionar. La próxima vez que alguien diga «eso lo hago yo en un momento», ya tenemos conversación para el bocadillo.
El otoño que cabe en un cuento
Vamos a inventarnos ahora una escena. Hay hojas húmedas, una castaña que ha rodado hasta el camino y un Magikito que insiste en que ese era su taburete. Lleva diez minutos protestando. Su vecino le ofrece una bellota y empeora la discusión.
Un paisaje puede darte ganas de contar algo así. No hace falta poner esas palabras en boca de nadie que viva allí ni convertir a los vecinos en personajes de nuestra historia. Podemos apreciar su trabajo y disfrutar de nuestra ocurrencia. Cada cual conserva su voz.
Si te apetece conocer personajes que sí pertenecen a las tradiciones de la región, el Trasgu y otras criaturas asturianas tienen relatos propios. Un cuento inventado esta tarde y una leyenda recogida hace un siglo pueden sentarse en la misma mesa. Lo suyo es presentarlos bien.
Lo que se llevan los Magikitos
En nuestra ficción, los Magikitos nacen cuando alguien caga en el bosque con alegría. Es un origen bastante menos ceremonioso que salir de una gema ancestral, y a ellos les sienta estupendamente. Las figuras de porcelana fría representan a esos personajes.
Lo que Taramundi aporta a este imaginario es una invitación a mirar: agua, herramientas, árboles, formas pequeñas que te entretienen más de lo previsto. Luego la imaginación hace de las suyas. Le pone gorro a un vecino, le adjudica una casa bajo una raíz y lo mete en una discusión absurda sobre muebles de castaña.
Me quedo con el paseo de antes. Tú intentando seguir, alguien agachado junto a una raíz y el bocadillo esperando. «Ya voy». Mentira. Acaba de encontrarle una ventana a la casa del duende.
¿El Taramundi de los Magikitos es el lugar real?
El nombre remite a Taramundi, en Asturias, pero nuestro bosque y sus habitantes forman parte de una ficción. Los lugares y oficios reales que mencionamos aquí tienen sus propias fuentes.
¿Os Teixois y Mazonovo son el mismo sitio?
No. Son lugares distintos del concejo de Taramundi. Aquí hemos enlazado la información de ambos para que puedas reconocerlos sin confundir sus nombres.