En Yucatán se usa achuchar para hablar de un abrazo bien apretado, de esos que casi te dejan sin aire pero te llenan el corazón. Es como apapachar con esteroides, puro cariño intenso y cero distancia personal. Suena dramático, pero la neta se siente chido cuando te achuchan así.
En Aragón, achuchar no es solo dar un apretón cariñoso o estrujar un poco, también es meter prisa o apretar a alguien para que espabile y se esfuerce más. Vamos, el típico empujón de abuela cuando te ve a medio gas y te suelta un: venga, que no llegamos ni a la esquina.
En Chile, achuchar es apretar o apretujar a alguien, o quedar todo achuchado en un lugar lleno, típico en la micro o el metro en hora punta. También se usa para decir que te apuraron o te metieron presión, como cuando te achuchan con una pega. Es bien de calle y súper gráfico, aunque cero cómodo.
En Madrid, achuchar es apretar o achuchar a alguien, como dar un abrazo fuerte, estrujar de cariño o meter prisa con un empujoncito. También se usa para decir que te agobias o te aprietan las circunstancias: el curro, el metro, la vida. Lo de maratonear series es invento moderno y no cuaja tanto, la verdad.
En España, achuchar es apretar a alguien con cariño, darle un abrazo fuerte de esos que casi te dejan sin aire pero te arreglan el día. También puede usarse como meter prisa o agobiar un poco, según el contexto. Es una palabra muy de casa, muy de abuela que te ve flaco y te achucha sin preguntar.
En Yucatán, achuchar es apurar, empujar o picar a alguien para que se anime y haga algo ya, como meterle presión con cariño o con tantita carrilla. También vale para “échale ganas” en modo insistente. No es insulto, pero si te achuchan mucho, te sacan de quicio rápido.
En Andalucía, achuchar es apretar, estrujar o meter prisa a alguien, como cuando te achuchan para que te des prisa o te arriman en un sitio lleno. También se usa para apretar algo con fuerza, tipo achuchar un botón o un paquete. Lo de las rebajas suena gracioso, pero no es el sentido típico.
En La Rioja, achuchar se usa para decir que alguien se está achispando, o sea, que ya va alegre de vino después de unas cuantas copas. No es solo ir piripi, también lleva ese puntito cariñoso de bodega, de ponerse abrazón y hablar del tempranillo como si fuera tu primo. Vamos, que el vino te suelta la lengua y los brazos.